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Automatizar un edificio no significa perder el control

La automatización de un edificio no debería sustituir el criterio técnico. Debería convertirlo en consignas medibles, límites seguros y decisiones trazables.

Aena ha sacado a concurso una solución basada en inteligencia artificial para monitorizar y optimizar la climatización de las terminales y otros edificios del aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas. El contrato tiene un valor estimado de 2,9 millones de euros, incluidas dos posibles prórrogas, y plantea actuar sobre unidades de tratamiento de aire, producción de frío y calor, bombas, ventiladores y redes de distribución térmica.

La noticia llama la atención por la inteligencia artificial, pero su aspecto técnico más relevante está en otra parte: el sistema deberá integrarse con el BMS existente, permitir en todo momento el paso a operación manual o de contingencia y registrar las consignas descartadas y las causas de cada intervención. Si aparece un conflicto entre eficiencia, seguridad industrial, ciberseguridad o continuidad operativa, la seguridad prevalece.

La eficiencia empieza por conocer cómo funciona el edificio

Un algoritmo puede detectar patrones que escapan a una supervisión puntual: consumos anómalos, arranques fuera de horario, picos de demanda, equipos que trabajan simultáneamente en calefacción y refrigeración o diferencias entre el comportamiento esperado y el real. Pero ninguna herramienta corrige por sí sola una instalación mal equilibrada, un sensor descalibrado, una sectorización deficiente o una programación que no responde al uso efectivo del inmueble.

Por eso, antes de automatizar conviene disponer de una base técnica fiable. Hay que saber qué equipos existen, qué zonas sirven, cuáles son sus horarios, qué variables se miden, con qué precisión y qué márgenes de funcionamiento resultan compatibles con el confort, la conservación del edificio y la seguridad.

En Barajas, Aena prevé que la solución trabaje con datos energéticos y condiciones ambientales interiores y exteriores. Los objetivos mínimos de ahorro crecen de forma progresiva: un 4 % durante el primer año, un 5 % en el segundo y un 6 % en el tercero; si se activan las prórrogas, alcanzarían el 8 % y el 10 % en los años cuarto y quinto. Lo importante no es sólo fijar porcentajes, sino exigir que los resultados se midan con criterios técnicos auditables.

Optimizar no es ordenar siempre menos consumo

En un edificio complejo, consumir menos no puede convertirse en la única consigna. Una reducción energética obtenida a costa de empeorar la ventilación, desatender cargas térmicas reales, forzar equipos fuera de su rango adecuado o perder capacidad de respuesta no constituye una mejora.

La optimización útil trabaja dentro de límites previamente definidos. Para ello necesita, como mínimo:

  • una línea base que permita comparar situaciones equivalentes;
  • sensores fiables y variables correctamente identificadas;
  • horarios, ocupaciones y consignas coherentes con el uso real;
  • capacidad de actuación sobre equipos que respondan físicamente como se espera;
  • registro de cambios, alarmas, anulaciones y decisiones;
  • un modo manual operativo y procedimientos claros de contingencia;
  • seguimiento posterior para comprobar ahorro, confort y estabilidad.

La presencia de un responsable técnico que pueda aceptar, limitar o suspender la actuación automática no es una debilidad del sistema. Es una condición de control. La herramienta propone o ejecuta dentro de un marco; la responsabilidad sobre la instalación continúa vinculada a personas, procedimientos y comprobaciones.

La lección también sirve para edificios mucho más pequeños

La escala de un aeropuerto es excepcional, pero el criterio es trasladable a oficinas, hoteles, centros docentes, comunidades de propietarios y viviendas reformadas. Termostatos conectados, bombas de calor, ventilación mecánica, instalaciones fotovoltaicas, sistemas de producción de agua caliente o equipos de climatización pueden ofrecer muchos datos y modos automáticos. Sin embargo, su rendimiento depende de cómo se hayan proyectado, instalado, configurado y mantenido.

En una reforma, la mejora energética debería comenzar antes de elegir equipos. Conviene analizar la demanda, el estado de la envolvente, la distribución de espacios, los usos, la potencia disponible, la compatibilidad entre sistemas y la capacidad de control. Después hay que definir qué se medirá y cómo se verificará el resultado. Sin esa secuencia, la automatización puede añadir complejidad sin resolver el problema de partida.

También importa la puesta en marcha. Un sistema técnicamente correcto en proyecto puede rendir mal si las sondas están mal situadas, las válvulas no modulan, los horarios permanecen con valores provisionales o los usuarios desconocen las prioridades de funcionamiento. La entrega de una instalación no termina al encenderla: requiere ajuste, comprobación y documentación.

Medir, limitar, verificar

El caso de Barajas plantea una forma madura de introducir inteligencia en la gestión de edificios: objetivos cuantificados, integración con los sistemas existentes, trazabilidad, posibilidad de anulación y prevalencia de la seguridad. La tecnología aporta capacidad de análisis; el control técnico define hasta dónde puede actuar y cómo demostrar que la mejora es real.

Cuando una intervención energética se plantea con esa lógica, el ahorro deja de ser una promesa genérica. Se convierte en un resultado que puede compararse, revisarse y mantenerse en el tiempo.

Fuente: Cinco Días, 6 de octubre de 2026 — “Aena busca una IA ‘controlable’ para reducir el consumo energético de Barajas”.

Manuel Pizarro MegíasArquitecto técnico · Perito · Granada
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