Un certificado energético puede describir cómo funciona una vivienda. Pero no sustituye las decisiones necesarias para mejorarla.

Un estudio de Accumin Intelligence, difundido el 10 de septiembre, advierte de que España tendría que multiplicar por diez el volumen actual de reformas energéticas para alcanzar los objetivos residenciales de 2030. El análisis señala además que el 95 % del parque puede considerarse ineficiente y que más de la mitad se concentra en la calificación E.
El número de certificados ha crecido con fuerza. En 2025 se emitieron 1,36 millones y 610.000 estuvieron asociados a reformas. Es un avance importante para disponer de información, pero conviene diferenciar tres cosas: certificar, proyectar y rehabilitar.
El certificado estima el comportamiento energético y permite comparar situaciones. El proyecto transforma ese diagnóstico en soluciones compatibles. La obra ejecuta esas soluciones y debe comprobar que el resultado previsto se alcanza sin crear nuevos problemas.
Pasar directamente de una letra baja a un catálogo de productos suele ser una mala secuencia. Dos edificios con la misma calificación pueden necesitar actuaciones muy distintas. En uno puede dominar la pérdida por fachadas y cubiertas; en otro, unas instalaciones obsoletas; en otro, las infiltraciones, los puentes térmicos o una ventilación mal resuelta.
Antes de invertir conviene conocer el consumo real, la geometría y orientación del inmueble, la composición de su envolvente, el estado de carpinterías e instalaciones y las condiciones de uso. También hay que estudiar encuentros constructivos, condensaciones, ventilación y posibilidades de mantenimiento.
Con esa información puede definirse una estrategia por fases. Algunas comunidades necesitarán empezar por reducir la demanda; otras podrán actuar primero sobre equipos o regulación. En muchos casos será más eficaz coordinar varias medidas para evitar incompatibilidades y aprovechar una misma obra.
La Directiva europea de eficiencia energética de los edificios refuerza precisamente esta idea: los países deben orientar una parte relevante de la reducción hacia los inmuebles con peor comportamiento y facilitar instrumentos que guíen renovaciones progresivas.
El reto no consiste sólo en emitir más documentos ni en contabilizar actuaciones. Consiste en convertir la información en decisiones ejecutables, comprobar el ahorro conseguido y dejar preparado el edificio para la siguiente mejora.
Una letra permite saber desde dónde se parte. La rehabilitación empieza cuando se define, con datos del edificio real, cómo llegar a un resultado mejor.
Fuente: El País
